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Adolf
Hitler (1889-1945).-
La llegada de Adolf Hitler al poder como dictador en
Alemania es la historia de una ambición enloquecida
que llevó al mundo a la peor guerra en la historia
de la humanidad. Siendo sólo un oficial del ejército
durante la Primera Guerra Mundial, Hitler se convirtió
en Canciller de Alemania tan sólo 15 años
después.
BIOGRAFÍA
DE ADOLF HITLER

Adolf Hitler nació el 20 de abril de 1889 en Braunau-am-Inn,
Austria, siendo de ascendencia alemana. Su padre Alois
era el hijo ilegítimo de Maria Anna Schicklgruber.
Al alcanzar su mayoría de edad, Alois tomó
el apellido de Hitler de su abuelo paterno. Después
de la muerte de dos esposas, Alois se casó con
su propia hijastra, Klara Poelzl, 23 años más
joven que él. Ella se convertiría en la
madre de Adolf Hitler.
La autobiografía de Hitler "Mein Kampf"
(Mi lucha) revela sus años de juventud inestable.
Su padre quería que él estudiara para una
posición en el gobierno. Pero como el joven Hitler
escribiría mas tarde, "el pensamiento de esclavizarme
en un hombre de oficina me enfermaba... también
el hecho de no ser el amo de mi propio tiempo...".
Desafiando pacíficamente a su padre, el niño
pasaba sus días soñando en convertirse en
pintor. Uno de sus intereses escolares era el estudio
de la historia, especialmente la de los Germanos. Desde
su niñez, Hitler era asiduo a las operas de Wagner,
que glorificaban a la mitología oscura de los Teutones.
Hitler fue alcanzado por el fracaso. Después de
la muerte de su padre, cuando Adolf tenía 13 años,
estudió pintura en acuarelas, pero aprendió
poco. Después de la muerte de su madre, cuando
él tenía 19 años, se fue a Viena.
Ahí, la Academia de Artes lo rechazó al
considerarlo poco talentoso. Debido a su falta de conocimientos
en los negocios, Hitler trabajó como obrero en
las construcciones, y ocasionalmente pintaba postales
baratas. Dormía muy seguido en los parques y en
las banquetas, y comía en los albergues para gente
impedida.Estas terribles experiencias llenaron su vida
de odio. El odiaba a Austria, y cruzó la frontera
hacia la Alemania que él tanto admiraba.
El escribió: "Estaba convencido de que el
estado de Austria siempre obstruiría a todos los
grandes Alemanes... y apoyaría todo lo que estuviera
en contra de Alemania.... Yo odiaba aquella mezcla de
Checos, Polacos, Húngaros, Serbios, Croatas y sobre
todo a los siempre presentes Judíos. Me convertí
en un fanático Anti-semita..."
El odio de Hitler hacia la pobreza, su devoción
hacia el legado Germano y su odio hacia los Judíos
se combinaron para formar las raíces de sus doctrinas
políticas. El estudió las habilidades políticas
del alcalde de Viena, y puso un enfoque especial en la
práctica de aquel líder de "utilizar
todos los instrumentos del poder existente, y ganar el
apoyo de las instituciones mas influyentes.. para así
poder tener grandes ventajas para el mismo movimiento,
a partir de fuentes de poder ya establecidas.." Mas
tarde, Hitler aplicó ésta técnica
en Alemania.
En 1912, Hitler se mudó de Viena a Munich, un "verdadero
pueblo Alemán". Ahí, el fue de trabajo
en trabajo como carpintero, asistente de arquitecto, etc.
Siempre exponía sus ideas políticas, sin
importar en donde se encontrara.
Cuando inició la Primera Guerra Mundial en 1914,
Hitler renunció a su cuidadanía austriaca
y se enlistó en el regimiento de infantería
no.16 del ejército Bavario. El no iba a pelear
por Austria, "pero estaba listo para morir en cualquier
momento por su gente (Alemania)". En su primera batalla,
la ofensiva de Ypres de 1914, el gritó la canción:
'Deutschland, Deutschland uber Alles.'. En 1916, él
era un "combatiente frontal" contra los tanques
Británicos, y durante esa batalla, resultó
herido pero ganó la Crus de Hierro. En 1917, él
peleó en la tercera batalla de Ypres.
La armisticia lo encontró en un hospital, cegado
temporalmente por el gas mostaza, y en estado de shock.
Las noticias de la derrota de Alemania lo hicieron agonizar.
El creía que la derrota había sido a causa
de "enemigos internos", principalmente Judíos
y Comunistas.
En ese momento, Hitler había dejado su nacionalidad
austriaca, pero aún no tenía su nacionalidad
alemana, así que era un hombre sin país.
Al recuperarse, Hitler se quedó en el ejército,
establecido en Munich. Durante la tempestad política
y económica que cayó sobre Alemania, Munich
se convirtió en el centro de esta tormenta. Oficiales
del derrotado Reichswehr (Ejército Alemán)
conspiraron para tomar el control de Alemania. Ellos mantenían
a sus informantes, entre quienes se encontraban Adolf
Hitler. El recibió la tarea de informar sobre "actividades
subersivas" dentro de los partidos políticos
en Munich.
Este espionaje político dio inicio a un profundo
cambio dentro de la vida de Hitler. Una noche de 1919,
entró a un pequeño restaurant, donde se
reunía un puñado de gente jóven,
sentados alrededor de una lámpara de gas. Este
pequeño grupo era el partido de los Obreros Alemanes.
Guiado por la "intuición", Hitler se
unió a este grupo, como el séptimo miembro.
El pronto se convirtió en el líder. Luego,
un oficial Reichswehr conocido como el Capt. Ernest Roehm,
vio al partido como un medio capaz de derrocar al régimen
liberal Bavario. Como otros oficiales, Roehm había
creado su propio "ejército" de voluntarios,
que crecían como brazos del Reichswehr, desafiando
el Tratado de Versalles. Roehm decidió enviar a
su ejército de Camisas Cafés en auxilio
del Partido Obrero. Protegido por estos rufianes, Hitler
se convirtió en el orador del grupo.
En 1920, Hitler cambió el nombre del Partido Obrero
por el de Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei
(Partido Obrero Alemán Nacional Socialista), abreviado
como Nazi. Revelando su odio hacia los Comunistas, Hitler
acusó públicamente a los Judíos de
las desgracias de Europa, e hizo un llamado a Alemania
a unirse para formar un estado nacional todo poderoso.
Su voz era hipnótica. Sus discursos provocaron
el odio de sus enemigos Comunistas, que trataron de disolver
sus reuniones. Pero estos intentos siempre fallaron debido
al apoyo del ejército de Camisas Cafés,
los Nazis brutales.

El flamante espíritu del Partido Nazi comenzó
a llamar la atención de los obreros alemanes, que
comenzaron a apoyar enormemente el movimiento de Hitler.
Muchos de estos grupos de obreros eran dirigidos por Alfred
Rosenberg, ingeniero ruso y "filósofo",
anti-semita y anti-cristiano; Rudolf Hess, matemático
y geógrafo egipcio; Hermann Goering, piloto de
combate del Ejército Bavario; Gen. Erich von Ludendorff,
heroe de guerra y Maj. Gen. Franz von Epp, comandante
de infantería del Ejército Bavario. Todos
ayudaron a persuadir a los empresarios alemanes que temían
al Comunismo, para que dieran dinero al Partido, y Hitler
les aseguró que sólo combatirían
"el capital internacional Judío".
Para sus
seguidores, Hitler adoptó la antigua Swastika
como el emblema del partido, y diseñó
la bandera roja Nazi con la swastika negra. El saludaba
a sus camaradas con el brazo levantado, y él
era saludado con la palabra Heil!
Para 1923,
los Nazis se habían crecido lo suficiente en
Munich como para tratar de llegar al gobierno. Ellos
iniciaron el "Beer Hall Putsch,", conocido
así debido a que Hitler y sus hombres intentaron
tomar las riendas del gobierno en una reunión
que fue llevada a cabo en un bar. El intento falló.
Hitler fue apresado y sentenciado a cinco años
en prisión. El gobierno Bavario le perdonó
el período hasta ocho meses. Cuando estaba en
prisión y con la ayuda de Rudolf Hess, Hitler
inició su libro 'Mein Kampf'.
Saliendo
de prisión en 1924, Hitler veía su destino
perdido de nuevo, al enterarse de que el Partido Nazi
había sido disuelto por el gobierno Bavario,
y al ver que sólo quedaba un puñado de
miembros que permanecían juntos. Durante meses,
Hitler pareció perder su interés en el
Partido. Tiempo después, Roehm, Hess y un joven
entusiasta llamado Joseph Paul Goebbels le propusieron
ser de nuevo el líder del Partido. Hitler aceptó
diciendo: "Necesitaré siete años
antes de que el movimiento esté en la cima de
nuevo..."
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Hitler tenía
razón. De 1924 a 1924, Alemania vivió
tiempos prósperos, y las revoluciones no florecen
en la prosperidad. De 1925 a 1927, se le había
prohibido a Hitler hablar en público en Bavaria
o Sajonia. Después, una depresión de escala
mundial sumió a Alemania de nuevo en la pobreza
y el desempleo, y los Nazis empezaron a ganar votos.
Para 1930, Hitler tenía el apoyo de muchos empresarios
y militares. En 1933, el Presidente Paul von Hindenburg
nombró a Hitler como Canciller. En ese mismo
año, el edificio Reichstag se incendió
misteriosamente (probablemente provocado por los mismos
Nazis), y Hitler acusó a los Comunistas. El Lander
o los estados, perdieron su poder, y el Partido Nazi
fue el único partido político permitido
en Alemania.
Durante
un sangriento atraco en 1934, varios líderes
de los partidos políticos de oposición
fueron ejecutados, debido a su supuesta participación
en un complot para asesinar a Hitler. Cuando murió
Hindenburg, Hitler destituyó la oficina de la
Presidencia y tomó el título de Fuhrer
o "líder".
La policía
totalitaria del estado creció en poder. Heinrich
Himmler era el jefe de la Gestapo, o policía
secreta. Joseph Goebbels dirigía la Secretaría
de Propaganda. Las instituciones culturales, incluyendo
a la prensa, el teatro y las artes, estaban reglamentadas.
Las escuelas y la Juventud Hitleriana endoctrinaban
a la gente.
Los Nazis
persiguieron a la Iglesia Católica y las iglesias
Protestantes, y las Leyes Nuremberg de 1935 prohibieron
la ciudadanía a los Judíos. El Kristallnach
(Noche de los vidrios rotos) en 1938, durante el cual
muchos Judíos y sus propiedades fueron brutalmente
atacados, inició una nueva y más violenta
fase de la persecución Judía, y sus propiedades
fueron destruídas o confiscadas.
Hitler hablaba
de la paz, pero se preparaba para la guerra. En 1933,
Alemania se retiró de la Liga de las Naciones,
repudiando el Tratado de Versalles. Durante ese tiempo,
Alemania comenzó a comprar nuevo armamento y
a desarrollar nueva tecnología de guerra, y el
entrenamiento militar reinició en toda la Alemania
Nazi.
En 1936,
Alemania formó el Eje Berlín-Roma con
Italia. Durante la Guerra Civil Española, Alemania
ayudó a Francisco Franco y probó su nuevo
armamento. Para 1938, Hitler tenía el ejército
mecanizado más poderoso y la fuerza aere más
extensa del mundo.
Gran Bretaña
y Francia siguieron una política de paz. No se
opusieron a la anexión de Austria a Alemania
por Hitler. Ellos firmaron el Pacto de Munich para asegurar
"la paz". El tratado otorgaba el territorio
de Sudetenland de Checoslovaquia a Alemania. Luego,
Hitler demandó el regreso de Dazing a Alemania,
pero Polonia se rehusó. Al mismo tiempo, Hitler
concluyó un pacto de no agresión con Joseph
Stalin de la Unión Soviética, que eliminó
el peligro de un segundo frente.
El Ejército
Alemán invadió Polonia e inició
la Segunda Guerra Mundial. Después de destruir
a los Polacos, Hitler invadió Noruega, Dinamarca,
Bélgica y los Países Bajos. Francia cayó
en poder Alemán en 1940.
Los planes
de Hitler de invadir Gran Bretaña fallaron cuando
la Luftwaffe, o fuerza aerea Alemana, perdió
la batalla en Inglaterra. Cuando la invasión
Italiana de Grecia y de Africa fallaron, Hitler se apoderó
de los Balcanes y del Norte de Africa.
Los Nazis
importaron "razas inferiores" de los países
ocupados para utilizarlos como esclavos. Aquellos que
se resistían eran enviados a campos de concentración.
Cerca de 12 millones de personas, incluyendo a 6 millones
de Judíos, fueron exterminados, en el terrible
suceso conocido como el Holocausto Nazi.
Más
tarde, Hitler rompió su pacto y decidió
invadir a la Unión Soviética. Después
de que Japón atacó Pearl Harbor en Hawaii,
declaró la guerra a los Estados Unidos. La derrota
de Hitler en Stalingrado, en la ex-Unión Soviética,
significó el cambio del curso de la guerra. Los
Aliados expulsaron a los Nazis de Italia, Africa y de
la Unión Soviética. Alemania se convirtió
en el campo de batalla cuando los Aliados atacaron del
este y del oeste.

Creyéndose a sí mismo en camino a la conquista
del mundo, Hitler se nombró a sí mismo
Comandante del Ejército, y en 1942, se nombró
Amo Supremo de Guerra. La propaganda Nazi hizo de Hitler
un símbolo de fuerza y virtud nacional. El había
ganado la ciudadanía Alemana en 1930 sólo
con la ayuda de sus camaradas Nazis, y aún así
era considerado como el ideal del líder Alemán.
Sus decisiones estaban marcados por su "intuición".
A pesar de las horas y días en que no hacía
nada más que dormir, Hitler era proyectado como
un hombre de acción intensa. El fue idializado
por la juventud Alemana, a la que él había
traicionado con su credo "el único propósito
de la educación es el de incrustar el sentimiento
racial dentro de los corazones y cerebros de la juventud".
En 1945,
Alemania se rindió incondicionalmente. Justo
después de que llegó la derrota, Hitler
se suicidó. Fue declarado oficialmente muerto
el 25 de octubre de 1956, después de que sus
restos fueron plenamente identificados.
ADOLF
HITLER: TEMPLARIO NEGRO.-
"Nos
comunicamos directamente con Dios a través de
Adolf Hitler. No necesitamos ni clérigos ni sacerdotes".
Asi se expresaba el alcalde de Hamburgo durante el congreso
del partido nazi celebrado en Nuremberg en 1937, presidido
por una enorme fotografía del Fhürer, bajo
la cual podía leerse: "En el principio fue
el Verbo". El ministro de Asuntos Eclesiásticos
del III Reich, por su parte, aseguraba a un periodista:
"Ha surgido una nueva autoridad en lo que a Cristo
y la Cristiandad se refiere. Esa autoridad es Adolf
Hitler... Adolf Hitler es el verdadero Espíritu
Santo." Y, sin embargo, Hitler siempre afirmó:
"No soy yo todavía el que ha de venir".
"Nuestro movimiento -comentaría también
en privado a Leni Riefestal- no pretende inmiscuirse
en ningún tipo de reforma religiosa".
En cualquier
caso, lo escalofriante es que millones y millones de
alemanes si creyeron que el Fhürer era una suerte
de enviado. Y era una creencia que se extendía
no solo entre el pueblo, sino igualmente entre los intelectuales
y científicos, entre los ministros y correligionarios
del partido: lo creyeron incluso, hasta muchos de sus
adversarios políticos. En Berlín, una
prestigiosa galería de arte exponía un
enorme retrato de Hitler totalmente rodeado, como por
un halo, de copias de una pintura de Cristo.
En la prensa
se podían leer comentarios como el siguiente
"Mientras hablaba (Hitler) se oía crujir
el manto de Dios por el salón". Y a principios
del otoño de 1936, se pudieron ver en Munich
cuadros en los que se retrataba a Hitler vestido con
la armadura de los caballeros del Santo Grial.

Lo cierto es que Hitler no se creía Dios, pero
si un predestinado suyo. Se veáa como depositario
de los secretos del Temple, llegados a sus manos por
intercesión divina al haber sido elegido tal
era su firme convencimiento- para llevar a cabo una
misión destinada a cambiar definitivamente el
rumbo de la Humanidad.
E independientemente
del rotundo y negativo veredicto que predomina en la
Historia actual, la figura de Hitler ha sido objeto
de un propaganda tan torpe, al menos, como la que el
mismo difundió contra los judios. Y es que al
limitarnos a ridiculizar al personaje, se nos ha escapado
lo esencial de su personalidad y muchas cosas han quedado
inexplicadas. Porque, ¿como un tipo aparentemente
insignificante y sin estudios superiores fue capaz,
en pocos años, de introducirse en los más
altos niveles políticos, burlar a los líderes
experimentados de las grandes potencias, convertir a
millones de personas altamente civilizadas en enfervorizados
seguidores y levantar el más poderoso aparato
bálico del mundo consiguiendo ser obedecido hasta
el final? Parece lógico pensar que además
de creerse un avatar, todo esto solo se explica si Hitler
fue un conocedor de los resortes secretos que son capaces
de modificar la realidad hasta convertirla en el delirio
adecuado a sus más íntimos y poderosos
deseos.
Hoy, sin
embargo, estamos en disposición de conocer todo
aquello que de haber sabido el ingenuo pueblo alemán
lo hubiera sumido en el mas gélido de los estupores:
Hitler no era un semidiós, sino un personaje
de tebeo que se había creído su propia
historieta. Lo que sucede es que su creencia era tan
inconmovible que la epopeya dibujada en las viñetas
pudo llegar a hacerse realidad, sin duda mediante un
acto de magia genuina. Y asi fue como el mundo, fue
llevado hacia la más espantosa de las tragedias.
Mickey Mouse fabricando descontroladamente millones
de escobas en la película Fantasía. Con
la diferencia de que en la película del III Reich,
no hubo un mago verdadero con suficiente poder como
para detener a tiempo a la descontrolada mancia del
aprendiz de brujo, y de la secuela de millones de muertos
que dejó a su paso.
El único
contemporaneo de Hitler que advirtió en toda
su monstruosidad la magia negra como fuente de los asombrosos
poderes de Hitler fue otro mago, injustamente vilipendiado,
llamado Aleister Crowley, miembro de la sociedad secreta
Alba Dorada (Golden Dawn), quien cuando fué juzgado
por un tribunal inglés de justicia llegó
a ser declarado por el juez "el hombre más
perverso de Inglaterra". Pero la verdad es que
Aleister Crowley conocía de sobra el paño
que se cortaba. Y así se lo hizo saber en 1940
al entonces inseguro y confuso Winston Chruchill, en
un momento en que la posible invasión nazi de
Inglaterra gravitaba como una espada de Damocles sobre
la cabeza de todos los británicos. Y Churchill
le creyó, hasta punto tal que llego a aceptar
y poner en marcha una sugerencia de Corwley: aquella
segun la cual era necesario adoptar, frente al poder
místico de la esvástica, la famosa "V"
de la victoria, lo cual no era otra cosa que un antiguo
signo satánico (los cuernos del demonio). Con
un emblema de tal magnitud -pensaba Crowley- se podría
derrotar a Hitler. Y Churchill lo aceptó. El
pragmatismo inglés del lider conservador británico
le llevó a estar dispuesto a aliarse con el mismo
diablo con tal de vencer al temible enemigo...

LA
MENTE DE HITLER.-
Durante
la Segunda Guerra Mundial, en 1941, la Oficina de Servicios
Estratégicas de los Estados Unidos encargó
al psiquiatra freudiano Walter Langer un inusual y novedoso
experimento: psicoanalizar a Adolf Hitler de acuerdo
con la información que sobre su persona podía
obtenerse entonces en su entorno, gracias al espionaje.
Aunque a distancia, era la primera vez que se aplicaban
los descubrimientos psicológicos modernos no
a una figura histórica distante, sino a una viva.
Las conclusiones de su informe consituyen uno de los
libros más apasionantes que todavía hoy
pueden leerse; su título, La mente de Hitler.
Al examinar
las pautas de conducta del Führer, tal y como las
observan sus colaboradores inmediatos, Langer llega
a la conclusión de que no se trataba de una sola
personalidad, sino de dos, y que se alternaban. La imágen
mística que ofrecía a la propaganda fue
la del más humilde discípulo de si mismo,
el más severo de todos los disciplinarios; la
de un monje moderno, en suma, con los tres nudos reglamentarios
de la pobreza, la castidad y la obediencia. No comía
carne, no bebia vino; y en repetidas ocasiones declaró
que su verdadero amor era Alemania. No recibió
salario del partido y vivia de los ingresos de sus libro
"Mi Lucha".
El templario
Adolf era un individuo muy suave, sentimental e indeciso,
que contaba con muy poca energía y que nada deseaba
tanto como mostrarse agradable y ser entretenido y cuidado.
Por el contrario, el soldado Hitler era una persona
dura, cruel y decidida, con una considerable energía,
que parecía saber lo que quería y estaba
dispuesto a buscarlo y obtenerlo sin detenerse ante
nada... Adolf lloró a raudales por la muerte
de su canario y adoraba a los perros; pero era el mismo
Hitler que gritó en pleno tribunal: "¡Rodarán
cabezas!".
¿Era
un psicópata? Posiblemente. Pero la gran desgracia
para Alemania fue que también era un mago que
se las ingenió para convencer a millones de personas
de que la imagen ficticia de su personalidad era la
verdadera.
Lo dice,
con otras palabras certeras, su contemporáneo,
Aleister Crowley, cuando, sin nombrar expresamente a
Hitler, nos hace un inigualable retrato del personaje:
"La magia blanca opera discretamente. No necesita
atraer la atención ni provocar miedo o aprensión
entre la gente, puesto que no pretende dominar el mundo.
Por el contrario la magia negra adora simultáneamente
el secreto y el espectáculo, algo así
como las estrellas de Hollywood. El verdadero mago negro
busca dominar a los otros y encerrarlos en sus alas
de cuero. Utiliza la angustia, siembra el terror y procura
la ruina del mundo. Cuando encuentras a un mago negro,
estudia bien sus ojos. Son los de un fanático,
los de quien pretende con avidez dominar y manipular.
Su maxima aspiración es la de convertirse en
un marionetista para mover los hilos de todos".
EL
OCULTISMO COMO INFLUENCIA DE HITLER.-
Es otra
historia engarzada en la misma Historia: la de las oscuras
influencias de que fue beneficiaria - y a la vez victima
- Occidente desde principios de siglo y, en especial,
desde 1918. Finalizada la Primera Guerra Mundial, Europa
despertaba de una pesadilla poblada por los monstruos
de la razón, y abría las esclusas, indiscriminadamente,
al misterioso río del inconsciente freudiano
y a todas las corrientes irracionalistas, desde le refrescante
surrealismo a los otros "ismos" del brazo
en alto, mucho menos saludables. Una tormenta mítica
que se enreda con los últimos coletazos del romanticismo
nacionalista del siglo XIX y que afecta por ello especialmente
a los ultimos países donde arraiga el sentimiento
nacional: Rusia, Italia, y en particular Alemania.
El "retorno"
de los brujos, no es cosa de hoy, sinó de las
primeras décadas del presente siglo. Y fue así
como el destino quiso que Hitler fuera el catalizador
de sus manifestaciones tenebrosas. Lo quiso hasta el
punto de hacerlo nacer - un 20 de Abril de 1889 - en
el pueblo austríaco de Braunauam-Inn, cercano
a la frontera bávara, tradicionalmente considerado
un centro de médiums y videntes. Poca gente sabe
que dos famosos médiums, los hermanos Schneider,
nacieron en el mismo pueblo, y que uno de ellos tuvo
la misma ama de cría que Hitler.
Los que
creen como Jung, que ciertas "casualidades"
tienen sentido, no dejan de subrayar esta coincidencia,
ni tampoco el hecho de que un niño de diez años
llamado Adolf Htiler formara parte del alumnado de una
peculiar abadía benedictina, la de Lanbach, cuya
particularidad consistía particularmente en estar
plagada de cruces gamadas.
El nacionalismo
alemán se solidificaría, manu militari,
bajo la férula del canciller Bismark, pero necesitaba
recurrir al mito para aglutinarse en la conciencia del
pueblo. Las precoces curces gamadas de la Abadía
de Lanbach fueron fruto de esa afanosa búsqueda
del mito que había emprendido, como algunos otros
iluminados, el abad Théodorich Hagen. El catolicismo
de éste no le impediría ser un profundo
conocedor de la astrología y las ciencias ocultas,
ni interpretar el Apocalipsis de San Juan en un sentido
mesiánico y milenarista. De hecho, formaría
parte de un número creciente, el de los que empezaron
a reconocer la llegada de un "Mesías"
que salvaría al pueblo alemán -depositario
genuino del legado ario-, tanto de sus enemigos interiores
como exteriores.
Las cruces
gamadas de la abadía de Lanbach, donde el niño
Adolf Hitler le nace la fervorosa vocación del
sacerdocio, son consecuencia de un viaje "iniciático"
que al parecer emprendió el abad Hagen en 1856
al Próximo Oriente. En su itinerario se incluiría
una visita a Jerusalén, antigua ciudad-estado
de los caballeros templarios, y a ciertas zonas del
Caúcaso, presumible cuna de la raza aria y donde
la esvástica, al igual que en la India, estaba
considerada el estandarte solar de un pueblo emprendedor
de conquistas por naturaleza.
La abadía
de Lanbach fue, asimismo, un poderoso foco de atracción
para los iniciados en los secretos del templarismo,
esa mística del "mitad monje, mitad soldado",
cuyas reminiscencias, siquiera formales, tanto eco tuvieron
en la España franquista. No era extraño,
por tanto, que otro peculiar monje, cisterciense en
este caso, visitara allí a sus hermanos benedictinos.
Hablamos de Adolf Joseph Lang, a quien el pequeño
Adolf Hitler tendría ocasión de ver transitar
muchas tardes paseando por el claustro de la abadía
con un libro en las manos.
Lang, rubio
y de ojos azules, era un ario frenético que había
encontrado en la Orden del Cister -reformada en la Edad
Media por Bernardo de Claraval, el autor de la regla
templaria- un impensable abrigo para sus delirios racistas.
En 1900, poco despues de su paso por Lanbach, se trasladaría
a Viena, donde fundaría la Orden del Nuevo Temple,
de la que se proclamaría Gran Maestre, asegurando
que había recibido la iniciación nada
menos que de un sucesor clandestino de Jacques de Molay.
Como se sabe, el último Gran Maestro del Temple
murió en 1314 en una hoguera levantada en París
por Felipe el Hermoso. En todo caso, hay evidencias
de que no por ello desapareció la mística
templaria, lo que explicaría por ejemplo, que
al rodar en el cadalso la cabeza de Luis XVI, una voz
anónima gritase entre la multitud revolucionaria:
"¡Has sido vengado, Jacques de Molay!".
La misma
mística, si bien deformada por un racismo delirante,
aprecería cinco años después en
Ostara, una revista esotérica quincenal que adoptó
como enseña la cruz gamada, publicación
que tendría en el ya adolescente Hitler a uno
de sus más apasionados lectores desde su llegada
a Viena, rocada ya su vocación sacerdotal por
la pictórica. La revista la publicaría
precisamente un tal Georg Lanz Von Liebenfels, a quien
ya conocemos como Adolf Joseph Lang.
El sedicente
templario derramaró en la revista sus enfebrecidas
elucubraciones: los no arios son seres no-humanos y
pueden situarse en la escala evolutiva apenas por encima
del mono; la historia no es otra cosa que la eterna
lucha del Bien, encarnado en la raza aria, contra el
Mal, que representan semitas y jafeítas. Los
arios son la "obra maestra" de los dioses,
y están dotados de fantásticos poderes
paranormales, emanados de "centros de energía"
y ciertos "órganos eléctricos".
Estos "poderes" asguran la supremacía
absoluta de la "raza superior" sobre cualquier
otra. Los templarios han sido depositarios de secretos
guardados durante milenios en centros iniciáticos
del Himalaya, técnicas ocultas que permiten el
"despertar de los dioses" en el corazón
del hombre ario, dormidos a causa de la negligente tendencia
a mezclarse con otras razas "inferiores"...
La Viena
de principios de siglo ardería en esa peculiar
calentura ocultista que se propagaría por todos
los países germánicos durante la Primera
Guerra Mundial, y que conocería su apogeo en
el difícil e inestimable clima de la República
de Weimar. Astrólogos, videntes y profetas pulularon
en la decadente capital de un imperio que se derrumbaba,
cumpliéndose así, una vez mas, el postulado
de Goethe: "En el ocaso de las civilizaciones aparecen
los fantasmas".
También
las sociedades secretas de caracter esotérico
proliferaban como hongos. El barón Rudolf von
Sebottendorf crearía en 1912 la Sociedad de Thule,
obsesionada por los mitos del Sambala y el Reino de
los Hiperbóreos, de la que algunos destacados
nazis, entre ellos Rudolf Hess, formaron parte. En 1918,
en plena derrota alemana, Karl Haushofer, propagador
de la llamada Sociedad de Vril y poco más tarde
recaudador de contribuciones del Partido Nacional Socialista,
haría apogeo de la kundalini al servicio de la
raza aria mientras se encontraba en Munich, cuna del
movimiento hitleriano, justo en el momento en que esta
ciudad deplazaba a Viena como capital centroeuropea
del esoterismo.
Hitler aspiró
ese ambiente viciado directamente y a pleno pulmón,
alimentando en el su poderósa imaginación,
cualidad insipensable de todo mago, ya sea blanco o
negro. La leche que nutrió a uno de los hermanos
Schneider, por otra parte, tal vez le confiriera ciertas
facultades mediúmnicas. Según contó
el mismo, durante la guerra mundial de 1914-1918, y
mientras estaba cenando en una trinchera con varios
camaradas, "repentinamente -explico- pareció
que una voz me decía: "levántate
y ve allí". La voz era tan clara e insistente
que automáticamente obedecí, como si se
tratase de una orden militar. De inmediato me puse de
pie y caminé unos veinte metros por la trinchera.
Después me senté para seguir comiendo,
conla mente otra vez tranquila. Apenas lo había
cuando desde el lugar que acababa de abandonar, llegó
un destello y un estampido ensordecedor. Acababa de
estallar un obús perdido en medio del grupo donde
había estado sentado; todos su miembros murieron"
(de una entrevista periodística con Janet Flanner).

OTROS
CONOCIMIENTOS DE HITLER.-
Aunque Hitler
había leído mucho sobre una amplia variedad
de temas, de ningún modo atribuyó su infabilidad
y aparente omnisciencia a ningún esfuerzo intelectual
por su parte. Por el contrario, desaprobaba esas fuentes
cuando se trataba de guiar el destino de las naciones.
Su opinión del intelecto era, de hecho, relativamente
negativa. En varias ocasiones declaró, por ejemplo,
que "la formación de la capacidad mental
es de importancia secundaria... Gente educada en exceso,
abarrotada de conocimientos e intelecto, pero desprovista
de todo instinto sano..."
Y era eso,
el "instinto", lo que -como a todo mago- le
guiaba. Su mano de pintor se mostraría mediocre,
peo su alma de artista era genuina; y como para todo
artista, -el arte y la magia son dos ramas del mismo
tronco- tenía su daimon inspirador, su mediador
con los dioses, que le dictaba en cada momento lo que
tenía que hacer. En el momento de la reocupación
de Renania, en 1936, Hitler emplearía una extrordinaria
figura retórica para describir su propia conducta:
"sigo el camino que me marca la Providencia con
la precisión y seguridad de un sonámbulo".
Por eso,
en medio de una tormenta o crisis política o
cuando sus decisiones inmediatas parecían mas
necesarias, por ejemplo, ante una batalla incierta que
se estuviera librando en esos momentos, Hitler abandonaba
todo y se iba a su Nido del Águila del Kwhlstein,
una especie de búnker de dificil acceso, donde
se permitía el privilegio de quedarse solo, entre
los picos cubiertos de hielo de un paisaje impresionante;
y sencillamente esperaba hasta escuchar "su voz
interior".
Poco importaba
que esa voz se demorara poco, mucho o demasiado. En
una entrevista declararía: "Yo no juego
a la guerra. No permito que los generales me den órdenes.
La guerra la conduzco yo. El momento preciso del ataque
será decidido por mi. Solo existirá un
momento, que estará realmente auspiciado, y esperaré
ese momento con inflexible determinación. Y no
lo dejaré pasar... A menos que sienta la incorruptible
convicción de que esa es la solución,
no hago nada; ni siquiera si todo el partido intentara
obligarme a proceder. No actuaré: esperaré,
ocurra lo que ocurra. Pero si la voz habla, sé
que habrá llegado el momento de actuar".
Sin embargo,
el verdadero poder de este templario negro estaba en
su fe. Y la fe, como sabe cualquiera que esté
minimamente iniciado en las ciencias ocultas, es el
verdadero motor de la magia. "Soy uno de los hombres
mas duros que ha tenido Alemania durante décadas
-le diría a un periodista-, quiza durante siglos,
dotado de la más grande autoridad que haya tenido
cualquier otro lider alemán... Pero sobre todo
creo en mi exito. Creo en el incondicionalmente".
Quien puso bajo el retrato de Hitler la leyenda "En
el principio era el Verbo" le hizo, sin saberlo,
la mejor definición. Hitler creía incondicionalmente
en sí mismo, porque tenía una fe ciega
en su varita mágica; y la varita mágica
de aquel artista no era el pincel, sino la palabra.
Hitler ha sido, sin duda alguna, el mas fascinante y
fascinador orador de Occidente desde los tiempos de
Temístocles.
Parece ser
que a principios de los años veinte Hitler tomó
regularmente lecciones de oratoria y psicología
de un inividuo llamado Hanussen, que también
era astrólogo y adivino; y es más que
posible que Hanussen hubiera tenido algún contacto
con los grupos de adivinos videntes y profetas de Munich,
tan activos en esa época.
En cualquier
caso, se lo hubiera revelado Hanussen o lo hubiera aprendido
por si mismo, Hitler sabía que para un conjuro
sea eficaz debe estar alimentado por el fuego de la
emoción más genuina. Por eso en sus discursos
se inyecta con la morfina de su propia verborrea y crece;
el diminuto Hitler se transforma en el gran Führer,
lo que fascina al publico, y esa fascinación
repercute, como una llamarada de fuego, en la autoestima
del orador ("lo semejante atrae a lo semejante").
Cuanto más capaz era de convencer a la masa de
la elevada antorcha de que era portaestandarte, más
se convencía a si mismo, basándose en
la teoría de que ochenta millones de alemanes
no pueden estar equivocados.
En ese anillo
mágico que encerraba al pueblo alemán
alrededor de su jefe se encuentra la grandeza y tragedia
del III Reich. El poder y la fascincación del
verbo de Hitler descansaron casi por entero en su capacidad
de sentir lo que un público dado quería
oír, y en manipular el tema de manera que excitara
las emociones de la multitud. De esa magia tan particular
y tan efectiva escribió Strasser: "Hitler
responde a las vibraciones del corazón humano
con la delicadeza de un sismógrafo... lo que
permite, con una certeza que ningún don consciente
podría otorgarle, actuar como un altavoz que
proclama los deseos más secretos, los sentimientos
y rebeliones mas personales de toda una nación."
Sus discursos,
sin embargo, eran recurrentes y pobres de ideas. Antes
de llegar al poder casi todas sus intervenciones se
centraban en la defensa de la unidad e identidad de
Alemania y en quebrar el imperio de los marxistas. Pero
el pueblo estaba entusiasmado. Lo que atraia a su audiencia
no era tanto lo que decía sinó como lo
decia, de acuerdo con un esquema, repetido hasta la
saciedad, cuyas simples y efectivas reglas eran las
siguientes: jamás admitir un fallo o un error,
no reconocer que puede haber algo bueno en el enemigo,
no dejar lugar a alternativas, nunca aceptar culpas,
concentrarse en un enemigo de cada vez y culparlo de
que todo anda mal; y, finalmente, no amilanarse ante
el grosor de las falsedades o infundios que se levanten
contra uno. "El pueblo -afirmaba Hitler- creerá
con más facilidad una gran mentira que una pequeña;
si uno se la repite con bastante frecuencia, tarde o
temprano el pueblo la creerá".
El comienzo
de sus discursos era lento, a la espera de "sentir"
al público. Pero en cuanto descubría la
naturaleza de ese sentimiento, el ritmo y el volumen
aumentaban uniformemente hasta que, en el climax, gritaba.
La voz de
Hitler se transformaba, para quien lo escuchaba, en
la voz de Alemania. Todo eso estaba de acuerdo con la
propia concepción de Hitler sobre la naturaleza
secreta de las masas, tal y como puede leerse en su
libro "Mi lucha" (Mein Kampf): "La Psiquis
de las masas -escribió Hitler- no responde a
nada que sea débil o mediocre. Es igual que la
de una mujer, cuya sensibilidad espiritual está
menos determinada por razones abstractas que por un
ansia emocional indefinible de satisfacción de
poder, y que por tal razón prefiere someterse
al fuerte más que al débil... También
la masa prefiere al dominante antes que al suplicante".
Era tal
el poder de fascinación de la oratoria hitleriana
que muchos autores han comentado su capacidad para hipnotizar
al público. Segun Stanley High, "cuando
en el punto culminante se balancea de un lado a otro,
sus oyentes se balancean con el; cuando se inclina hacia
adelante ellos también lo hacen; y cuando concluye,
están reverentes y silenciosos, o de pie, en
un delirio, según quiera Hitler".
Las palabras,
conforme enseña la tradición ocultista
universal, desempeñan una función mágica,
no por su significado, sino por la naturaleza de sus
vibraciones sonoras. Eso Hitler lo sabía de sobra.
Como también sabía -aseguró haberlo
aprendido de la Iglesia Católica- que la repetición
machacona de determinadas consignas tiene el poder de
penetrar en los niveles más profundos de la psiquis.
A propósito de ello, dijo en una ocasión:
"Sólo hay una determinada cantidad de lugar
en el cerebro, una determinada cantidad de paredes,
por asi decirlo, y si uno lo llena con sus consignas,
la oposición no tiene lugar donde poner después
ningún cuadro o fotografía, porque el
apartamento del cerebro ya está abarrotado con
el mobiliario de uno..." Basta con estar atento
a las actuales campañas preelectorales o, simplemente
a los anuncios de televisión, para darse cuenta
de que estas tácticas hitlerianas han sido bien
aprendidas por sus enemigos.
Pero lo
que el poderoso mago Hitler no sabía, o no quiso
tener en cuenta, es que una acción mágica
puede ser muy eficaz, pero jamas puede ser muy duradera
si obra a contrapelo de la naturaleza; y nada hay más
alejado de la naturaleza -y del sentido común-
que la idea de una "raza superior" dominando
al resto de la humanidad durante los "mil años"
que iba durar el III Reich. ¿No quiso tenerlo
en cuenta, o simplemente, no pudo? ¿Como podía
compaginarse el agua mansa del templario y el cátaro
con el aceite hirviendo del racista?
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