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En 1913, un joven descendiente
de aldeanos, de 20 años de edad, que de peón
había ascendido a acuarelista, reflexionaba en
Munich que "la nación no era -según
los marxistas- otra cosa que una invención de los
capitalistas; la patria, un instrumento de la burguesía,
destinado a explotar a la clase obrera; la autoridad de
la ley, un medio de subyugar al proletariado; la escuela,
una institución para educar esclavos y también
amos; la religión, un recurso para idiotizar a
la masa predestinada a la explotación; la moral,
signo de estúpida resignación, etc. Nada
había, pues, que no fuese arrojado en el lodo más
inmundo..."
Ese joven artesano, llamado Adolfo Hitler, era partidario
del sindicalismo, pero no bajo la inspiración internacionalista
de Marx, sino bajo el ideal nacionalista de Patria y Raza.
"Esta necesidad -la de los sindicatos y su lucha-
tendrá que considerarse como justificada mientras
entre los patrones existan hombres no sólo faltos
de todo sentimiento para con los deberes, sino carentes
de comprensión hasta para los más elementales
derechos humanos... El sindicalismo, en sí, no
es sinónimo de antagonismo social; es el marxismo
quien ha hecho de él un instrumento para la lucha
de clases... La huelga es un recurso que puede o que ha
de emplearse mientras no exista un Estado racial, encargado
de velar por la protección y el bienestar de todos,
en lugar de fomentar la lucha entre los dos grandes grupos
-patrones y obreros- y cuya consecuencia, en forma de
la disminución de la producción, perjudica
siempre los intereses de la comunidad..."
Concebía entonces que en el futuro "dejarán
de estrallarse los unos contra los otros -obreros y patrones-
en la lucha de salarios y tarifas, que daña a ambos,
y de común acuerdo arreglarán sus divergencias
ante una instancia superior imbuída en la luminosa
divisa del bien de la colectividad y del Estado... Es
absurdo y falso afirmar" - decía Hitler -
"que el movimiento sindicalista tiende y logra el
mejoramiento de las condiciones de vida de aquella clase
y constituye una de las columnas fundamentales de la nación,
obra no sólo como no enemiga de la patria o del
Estado, sino nacionalmente en el más puro sentido
de la palabra. Su razón de ser está, por
tanto, totalmente fuera de duda..."
Con la impetuosidad propia de su edad, y además
de su carácter, Hitler trataba de persuadir a sus
compañeros de que la defensa del proletariado no
era la meta del marxismo, ya que si el proletariado llegaba
a satisfacer sus propias necesidades, desaparecería
como instrumento de lucha de quienes acaudillaban el marxismo.
Ahondando en ésta hipótesis, Hitler llegó
a un punto que habría de ser elemento básico
en la génesis del nacionalsocialismo (Nazismo),
sistema político que luego se divulgó por
toda Alemania. Por ese entonces -según posteriormente
refirió- creía que los judíos nacidos
en Alemania sólo se diferenciaban en la religión.
"El que por eso se persiguiese a los judíos
como creía yo, hacía que muchas veces mi
desagrado frente a exclamaciones deprimentes para ellos
subiese de punto... Tuve una lucha para rectificar mi
criterio... Esta fue sin duda la más trascendental
de las transformaciones que experimenté entonces;
ella me costó una intensa lucha interior entre
la razón y el sentimiento. Se trataba de un gran
movimiento que tendía a establecer el carácter
racial del judaísmo: el sionismo... Tropecé
con él inesperadamente donde menos lo hubiera podido
suponer; judíos eran los dirigentes del Partido
Social Demócrata. Con esta revelación debió
terminar en mí un proceso de larga lucha interior.
Examiné casi todos los nombres de los dirigentes
del Partido Social Demócrata; en su gran mayoría
pertenecían al pueblo elegido; lo mismo si se trataba
de representantes en el Reichstag que de los secretarios
de las asociaciones sindicalistas, que de los presidentes
de las organizaciones del Partido, que de los agitadores
populares... Austerlitz, David, Adler, Allenbogen, etc..."
"... Un grave cargo más pesó sobre
el judaísmo ante mis ojos cuando me di cuenta de
sus manejos en la prensa, en el arte, en la literatura
y el teatro. Comencé por estudiar detenidamente
los nombres de todos los autores de inmundas producciones
en el campo de la actividad artística en general.
El resultado de ello fue una creciente animadversión
de mi parte hacia los judíos. Era inegable el hecho
de que las nueve décimas partes de la literatura
sórdida, de la trivialidad en el arte y el disparate
en el teatro, gravitaban en el debe de una raza que apenas
si constituía una centésima parte de la
población total del país..."
"...Ahora veía bajo otro aspecto la tendencia
liberal de esa prensa. El tono moderado de sus réplicas
o su silencio de tumba ante los ataques que se les dirigían
debieron reflejárseme como un juego a la par hábil
y villano. Sus críticas glorificantes de teatro
estaban siempre destinadas al autor judío y jamás
una apreciación negativa recaía sobre otro
que no fuese un alemán. El sentido de todo era
tan visiblemente lesivo al germanismo, que su propósito
no podía ser sino deliberado..."
La víspera de que la Primera Guerra Mundial se
generalizara con la declaración inglesa de guerra
contra Alemania, Adolf Hitler se enroló como voluntario
en el 16o. Regimiento de infantería, el 3 de agosto
de 1914.
Luego combatió en el frente de Flandes y después
en el Somme, donde fue ascendido a cabo y ganó
la "Cruz de Hierro", que es el máximo
orgullo de un soldado alemán. El 7 de octubre de
1916 cayó herido y se le trasladó a un hospital
cercano a Berlín. Según sus propia palabras,
desde allí pudo darse cuenta de que el "frente
férreo de los grises cascos de acero; frente inquebrantable,
firme monumento de la inmortalidad", no tenía
igual solidez en la retaguardia, donde el creciente marxismo
socavaba el espíritu de resistencia.
El cabo Hitler volvió al frente, donde fue alcanzado
por el gas británico "cruz amarilla"
y casi ciego fue internado en el hospital Pasewalk, de
Pomerania. "...El 10 de noviembre -refiere en Mi
Lucha- vino el pastor del hospital para dirigirnos algunas
palabras.. parecía temblar intensamente al comunicarnos
que la Casa de los Hohenzollern había dejado de
llevar la corona imperial... Pero cuando él siguió
informándonos que nos habíamos visto obligados
a dar término a la larga contienda, que nuestra
patria, por haber perdido la guerra y estar ahora a la
merced del vencedor, quedaba expuesta en el futuro a graves
humillaciones, entonces no pude más. Mis ojos se
nublaron y a tientas regresé a la sala de enfermos,
donde me dejé caer sobre mi lecho, ocultando mi
confundida cabeza entre las almohadas..."
"... Desde el día en que me ví ante
la tumba de mi madre, no había llorado jamás.
Cuando en mi juventud el destino me golpeaba despiadadamente,
mi espíritu se reconfortaba; cuando en los largos
años de la guerra, la muerte arrebataba de mi lado
a compañeros y camaradas queridos, habría
parecido casi un pecado sollozar. MORÍAN POR ALEMANIA.
Y cuando finalmente, en los últimos días
de la terrible contienda, el gas deslizándose imperceptiblemente,
comenzara a corroer mis ojos, u uo, ante la horrible idea
de perder para siempre la vista, estuviera a punto de
desesperar, la voz de la conciencia clamó en mí:
Infeliz! ¿Llorar mientras miles de camaradas sufren
cien veces más que tú? Y mudo soporté
el destino..."
"...Pero ahora era diferente porque todo sufrimiento
material desaparecía ante la desgracia de la patria!
Todo había sido, pues, inútil; en vano todos
los sacrificios y todas las privaciones, inútiles
los tormentos del hambre y de la sed, durante meses interminables;
inútiles también todas aquellas horas en
que entre las garras de la muerte, cumplíamos,
a pesar de todo, nuestro deber; infructuoso, en fin, el
sacrificio de dos millones de vidas. ¿Acaso habían
muerto para eso los soldados de agosto y septiembre de
1914 y luego seguido su ejemplo en aquel otoño,
los bravos regimientos de jóvenes voluntarios?
¿Acaso para eso cayeron en la tierra de Flandes
aquellos muchachos de 17 años?..."
"...Guillermo II había sido el primero que,
como emperador alemán, tendiera la mano conciliadora
a los dirigentes del marxismo, sin darse cuenta de que
los villanos no saben del honor; mientras en su diestra
tenían la mano del Emperador, con la izquierda
buscaban el puñal..."
Con el uniforme de cabo, Hitler ya no pensaba en la arquitectura
-que fue su ambición anterior a la guerra- sino
en la política. Le había impresionado sobre
manera el triunfo total del marxismo en Rusia y los progresos
arrolladores que hacía en Alemania. Lenin anunciaba
que las dos primeras etapas del movimiento se habían
cumplido ya, dentro de Rusia, y las siguientes se desarrollarían
hacia el exterior mediante el apoyo de la dictadura erigida
en la URSS. Polonia, inmediatamente, y Alemania, después,
eran los objetivos más cercanos.
Hitler argumentaba que las derrotas militares no habían
sido la causa de la capitulación, porque eran mucho
menores a los triunfos alcanzados. Tampoco creía
que la economía fuera la culpable de la rendición,
pues el esfuerzo bélico de cuatro años se
apoyó más en factores espirituales de heroísmo
y organización que en bases económicas.
Y concluía que todo se había comenzado a
minar ya desde años atrás y que la capitulación
de 1918 era sólo el primer efecto visible de esa
lenta corrosión interior.
Hitler poseía un punto de vista muy particular
sobre la hegemonía israelita, refiriéndose
a ésta de la siguiente manera: "... ¿No
fue la prensa la que en constantes agresiones minaba los
fundamentos de la autoridad estatal hasta el punto de
que bastó un simple golpe para derrumbarlo todo?
Finalmente, ¿no fue esa misma prensa la que desacreditó
al ejército mediante una crítica sistemática,
saboteando el serivicio militar obligatorio e instigando
a negar créditos para el ramo de guerra?..."
"..
Karl Marx fue, entre millones, realmente el único
que con su visión de profeta descubriera en el
fango de una humanidad paulatinamente envilecida, los
elementos esenciales del veneno social, y supo reunirlos
cual genio de la magia negra, en una solución
concentrada para poder destruir así con mayor
celeridad, la vida independiente de las naciones soberanas
del orbe. Y todo esto, al servicio de su propia raza..."
"...
Adquiriendo acciones entre el judío en la industria;
gracias a la Bolsa crece su poder en el territorio económico..
Tiene en la masonería, que cayó completamente
en sus manos, un magnífico instrumento para cohonestar
y lograr la realización de sus fines. Los círculos
oficiales, del mismo modo que las esferas superiores
de la burguesía política y económica,
se dejan coger insensiblemente en el garlito judío
por medio de los lazos masónicos.. Junto a la
Masonería, está la prensa como una segunda
arma al servicio del judaísmo. Con rara perseverancia
y suma habilidad sabe el judío apoderarse de
la prensa, mediante cuya ayuda comienza paulatinamente
a cercenar y a sofisticar, a manejar y a mover el conjunto
de la vida pública..."
"..Políticamente
-añadía Hitler- el judío acaba
por substituir la idea de la democracia por la de la
dictadura del proletariado. El ejemplo más terrible
en ese orden lo ofrece Rusia, donde el judío,
con un salvajismo realmente fanático, hizo perecer
de hambre o bajo torturas feroces a treinta millones
de personas, con el solo fin de asegurar de este modo
a una caterva de judíos, literatos y bandidos
de la Bolsa, la hegemonía sobre todo un pueblo..."
Y el hecho de que el
triunfo marxista no fuera tan definitivo en Alemania,
Hitler lo explicaba así en 1920: "El pueblo
alemán no estaba todavía maduro para ser
arrastrado al sangriento fango bolchevique, como ocurrió
con el pueblo ruso. En buena parte se debía esto
a la homogeneidad racial existente en Alemania entre
la clase intelectual y la clase obrera; además,
a la sistemática penetración de las vastas
capas del pueblo con elementos de cultura, fenómeno
que se encuentra paralelo sólo en los otros Estados
occidentales de Europa y que en Rusia es totalmente
desconocido. Allí, la clase intelectual estaba
constituída, en su mayoría, por elementos
de nacionalidad extraña al pueblo ruso o por
lo menos de raza no eslava. Tan pronto como en Rusia
fue posible movilizar la masa ignara y analfabeta en
contra de la escasa capa intelectual que no guardaba
contacto alguno con aquella, estuvo echada la suerte
de este país y ganada la revolución...."
"... El analfabeto
ruso quedó con ello convertido en el esclavo
indefenso de sus dictadores judíos, los cuales
eran lo suficientemente perspicaces para hacer que su
férula llevase el sello de la dictadura del pueblo..."
"...La bolchevización
de Alemania, esto es, el exterminio de la clase pensante
nacionalista, logrando con ello la posibilidad de someter
al yugo internacional de la finanza judía las
fuentes de producción alemana, no es más
que el preludio de la propagación de la tendencia
judía de conquista mundial..."
"...Como tantas
veces en la historia, Alemania constituye también
en este caso el punto central de una lucha gigantesca.
Si nuestro pueblo y nuestro Estado sucumben bajo la
presión de esos tiranos, ávidos de sangre
y de dinero, el orbe entero será presa de sus
tentáculos de pulpo; mas si Alemania alcanza
a librarse de ese atenazamiento, podrá decirse
que para todo el mundo quedó anulado uno de los
mayores peligros..."
Para 1919, el marxismo ya
había logrado derrocar al imperio de los zares,
y su plan de conquista -llamada por los propios marxistas
como revolución mundial- comenzaba a dar frutos.
El cabo Hitler comenzó entonces a proclamar en
improvisados mitines que Alemania debería zanjar
definitivamente sus querellas con Inglaterra y Francia
(es decir, el Mundo Occidental), y encaminar todo su esfuerzo
a aniquilar el comunismo. Veía en esta dictadura
el peligro peor y más auténtico contra Alemania
y Europa entera.
Así nació el pensamiento básico que
determinó la doctrina política de Hitler,
primero, y luego de Alemania toda. Hitler consideró
al pueblo ruso un conglomerado de razas ignaras dominadas
por la fuerza de un núcleo marxista-judío
y convertidas en un instrumento para el dominio de otros
pueblos. Y consideró que Alemania debería
luchar contra la URSS en defensa propia. El crecimiento
del Reich a costa del suelo soviético sería
la compensación material de esa lucha.
El mismo
año de 1919, Hitler llegó a creer que
tal política contaría con el apoyo de
las naciones occidentales, también amenazadas
por la "revolución mundial" que anunciaban
Lenin y los demás exegetas del marxismo. Desde
entonces comenzaron, pues, a delimitarse los campos
de la nueva contienda. Hitler y sus partidarios se declaraban
categóricamente enemigos del movimiento político
judío representado en el Oriente por el marxismo,
y a la vez se declaraban enemigos de las masas soviéticas,
a las que consideraban ya como instrumento de aquel
movimiento, carentes de voluntad y destino propio.
"...En
consecuencia -decía Hitler- la única posibilidad
hacia la realización de una sana política
territorial reside para Alemania en la adquisición
de nuevas tierras en el Continente mismo... Y si esa
adquisición quería hacerse en Europa,
no podía ser en resumen sino a costa de Rusia.
Por cierto que para una política de esa tendencia,
había en Europa un solo aliado posible: Inglaterra..."
En cuestiones
religiosas, Hitler porclamaba enfáticamente que
"las doctrinas e instituciones religiosas de un
pueblo debe respetarlas el Fuehrer político como
inviolables... Los partidos políticos nada tienen
que ver con las cuestiones religiosas..."
Ya como jefe del naciente
movimiento nacional-socialista ( Nazi ), Hitler repitió
muchas veces la acusación contra la prensa judía,
que alentaba en Alemania el rearme naval y luego hacía
de esto un motivo de agitación en Inglaterra,
a efecto de sabotear la amistad germanobritánica.
Agregó que Alemania no debería querellarse
más con Inglaterra, sino "hacer frente con
fuerzas concentradas" al movimiento judío-marxista
y a las masas bolcheviques convertidas en ciego instrumento
de éste..."
Más explícito
al escribir en 1926 la segunda parte de "Mi Lucha",
Hitler reiteraba así su determinación
de no combatir contra el pueblo británico: "...Por
propia experiencia sabemos nosotros hasta la saciedad
cuán difícil es llegar a reducir a Inglaterra.
Aun prescindiendo de esto, yo como germano preferiré
siempre, a pesar de todo, ver la India bajo la dominación
inglesa que bajo cualquier otra..."
La riqueza no era el
dinero, sino el trabajo mismo, según la fórmula
adoptada por Hitler. La economía Nazi no preguntaba
por el dinero; el trabajo de los hombres y la producción
de su obra realizada eran un valor en sí mismos.
El dinero vendría luego sólo como símbolo
de ese valor intrínseco y verdadero.
Por eso Hitler proclamó:
"...No tenemos oro, pero el oro de Alemania es
la capacidad de trabajo del pueblo alemán...
La riqueza no es el dinero, sino el trabajo.."
Los embaucadores del trono del oro gritaban que ésta
era una herejía contra la "ciencia económica",
más Hitler refutaba que el crimen era tener cesantes
a millones de hombres sanos y fuertes y no el violar
ciertos principios de la seudociencia económica
disfrazada con relumbrantes ropajes. "...La inflación
-dijo Hitler- no la provoca el aumento de la circulación
monetaria. Nacie el día en que exige al comprador,
por el mismo suministro, una suma superior a la exigida
la víspera. Allí es donde hay que intervenir.
La causa esencial de la estabilidad de nuestra moneda
había que buscarla en los campos de concentración.
La moneda permanece estable en cuanto los especuladores
van a un campo de trabajo...."
Alemania comenzó
a industrializarse de una manera acelerada, a tal grado
que no existían problemas económicos que
preocuparan a Alemania durante los primeros años
de la guerra. ¿Cómo había sido lograda
esa milagrosa transformación si Alemania carecía
de oro en sus bancos, si carecía de oro en sus
minas y de divisas extranjeras en sus reservas? La fórmula
consistía en el principio de que "la riqueza
no es el dinero sino el trabajo". En consecuencia,
si faltaba dinero, se hacía...
Con respecto a la pugna entre Nazis e israelitas, Hitler
anunció el 30 de enero de 1939 que estaba en la
mejor disposición de que los países democráticos
se llevaran a los judíos que vivían en Alemania,
y que les dispensaran todas las prerrogativas y consideraciones
que reclamaban para ellos. Hitler decía: "...Cierto
es que Alemania fue durante siglos lo suficientemente
buena para acoger a esos elementos (los judíos)...
Lo que ese pueblo posee lo ha adquirido en su mayor parte
con las peores manipulaciones a costa del pueblo alemán,
no tan astuto..."
"...Los pueblos no quieren volver a morir en los
campos de batalla para que esta raza internacional sin
raigambres se beneficie con los negocios de la guerra,
o para que satisfaga su ancestral deseo de venganza cuyo
origen se remonta al Antiguo Testamento. Sobre la consigna
judáica: proletarios de todos los países,
uníos, ha de triunfar una visión más
elevada a saber: trabajadores de todas las naciones, reconoced
vuestro enemigo común...."
El texto presentado anteriormente
consiste en algunos fragmentos extraídos del
libro escrito por Hitler conocido como "Mi Lucha",
el cual actualmente ha sido censurado muchos países,
durante más de 50 años.
Por medio de estos fragmentos se pretende entender la
forma de pensar de uno de los líderes más
carismáticos en la historia reciente, así
como el origen de la Segunda Guerra Mundial y su odio
hacia la raza judía, que lo
llevó a emprender la exterminación de
6 millones de judíos, conocida mundialmente como
el Holocausto.
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